El espiritú me pesa, la mente sofocada por pensamientos generados por sentimientos ajenos. La anestesia del golpe inicial comienza a perder su efecto y el dolor sale disparado por donde puede. Me pesa el cuerpo, los ojos me piden el sueño y la noche se vuelve cada vez más corta. No hay alivio. Hay duda y un nudo que se aprieta en el pecho: taquicardia de somatización. El peso de la mortalidad hace saltar el corazón.
El humo de mi cigarro se funde con el polvo que emanan los ladrillos de memoria que se apilan desordenados en mi mente.
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