domingo, 19 de mayo de 2013

D E . N O S O T R O S (I)



Hace un tiempo que me negaba a sentarme a escribir porque pensaba que no era posible desempeñar esta tarea cuando el dolor, que había creído exorcizado, todavía empleaba subterfugios casi macabros  y aparecía plasmado en cada letra, línea o palabra. Con el paso del tiempo, enemigo de las horas tristes, me di cuenta que es necesario escribir, y es que hay historias que merecen ser contadas aunque las heridas aún no hayan cerrado o aunque lo que todavía duela sea la cicatriz.
Por esas historias que a veces envenenan un poco el alma con los recuerdos de lo que fue o lo que pudo haber sido es que hoy, mientras veo como las gotas de lluvia se adhieren al vidrio de la ventana de mi habitación y me invaden los recuerdos, decidí sincerarme conmigo mismo y sentarme, por primera vez en mucho tiempo, a escribir sobre nosotros.
Hasta hace poco no era consciente del peso que iba a tener en mi vida el  haber tomado esta decisión. Y es que cuando se saca visa para un sueño y las cosas comienzan a concretarse, uno nunca espera que terminen deportándolo en un avión sin piloto  que va en caída libre directo al interior de un volcán.  Pero claro, desde que elegimos y marcamos en nuestro gps mental el rumbo que queremos seguir  estamos indefectiblemente vulnerables al asedio del azar. Y si bien su accionar puede resultar favorable también puede ser terrible.

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