Hace un tiempo que me negaba a
sentarme a escribir porque pensaba que no era posible desempeñar esta tarea
cuando el dolor, que había creído exorcizado, todavía empleaba subterfugios
casi macabros y aparecía plasmado en
cada letra, línea o palabra. Con el paso del tiempo, enemigo de las horas
tristes, me di cuenta que es necesario escribir, y es que hay historias que
merecen ser contadas aunque las heridas aún no hayan cerrado o aunque lo que
todavía duela sea la cicatriz.
Por esas historias que a veces
envenenan un poco el alma con los recuerdos de lo que fue o lo que pudo haber
sido es que hoy, mientras veo como las gotas de lluvia se adhieren al vidrio de
la ventana de mi habitación y me invaden los recuerdos, decidí sincerarme
conmigo mismo y sentarme, por primera vez en mucho tiempo, a escribir sobre
nosotros.
Hasta hace poco no era consciente
del peso que iba a tener en mi vida el haber tomado esta decisión. Y es que cuando se
saca visa para un sueño y las cosas comienzan a concretarse, uno nunca espera
que terminen deportándolo en un avión sin piloto que va en caída libre directo al interior de
un volcán. Pero claro, desde que elegimos y marcamos en nuestro gps mental el rumbo que queremos seguir estamos indefectiblemente vulnerables al
asedio del azar. Y si bien su accionar puede resultar favorable también puede
ser terrible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario