Llegó a un lugar conocido pero ajeno. La separaba de la realidad una
fina capa transparente de un material intangible pero impenetrable. En
cada intento por traspasarlo recibía una descarga que la empujaba más y
más atrás.
Él la miraba desde el otro lado con los párpados cerrados. Tenía dibujados unos ojos inexpresivos. Estaba inmóvil.
Una bicicleta sin cadenas aguardaba la llegada del herrumbre estacionada en la terraza.
El cielo se oscureció, comenzaba a llover. Caían letras desde las nubes
más altas, algunas de ellas eran atraídas hacia la ventana y empezaban a
formarse algunas palabras.
Él,inmune a la trampa de los sentidos ni siquiera percibía el pasaje de
las horas muertas,estaba sumido en un letargo interminable.
Ella corrió a juntar unas letras y descargó su ira en un torrente de
palabras con las que intentaba hacerlo invisible pero con las que sólo
logró que su presencia se hiciese más intensa; como una foto con los
colores saturados.
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